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La deuda global se mantiene por encima del 235% del PIB mundial. El dato marca una aparente estabilización tras el fuerte salto registrado durante la pandemia, pero no implica una corrección real del apalancamiento acumulado. El sistema económico global no está reduciendo su dependencia de la deuda; simplemente ha entrado en una fase de pausa tras años de expansión acelerada.
El punto clave no es solo el nivel absoluto, sino el contexto. La economía mundial llega a este punto con tasas de interés más altas, crecimiento desigual y tensiones fiscales crecientes.
En ese marco, la estabilización de la deuda no responde a un proceso ordenado de desapalancamiento, sino a límites financieros cada vez más visibles. La deuda deja de crecer al mismo ritmo porque el costo de sostenerla aumenta.
Este escenario deja al sistema en una posición frágil: altamente endeudado, con menor margen de maniobra y dependiente de condiciones financieras que ya no son tan benignas como en la década previa.
Menos crédito privado, más protagonismo del sector público
Uno de los cambios más relevantes en la composición de la deuda global es el retroceso del crédito privado. Hogares y empresas no financieras han reducido el ritmo de endeudamiento, presionados por tasas más elevadas, condiciones crediticias más estrictas y un entorno macroeconómico más incierto.
Este repliegue del sector privado no ha sido compensado por una reducción general del endeudamiento, sino por un mayor protagonismo del sector público. Los gobiernos han incrementado su nivel de deuda para sostener el crecimiento, cubrir déficits fiscales persistentes y absorber parte del ajuste que el sector privado ya no puede asumir.
El resultado es un traslado gradual del riesgo. La deuda no desaparece, cambia de balance. En economías avanzadas, este proceso se apoya en monedas fuertes, mercados profundos y mayor capacidad de financiamiento. En economías emergentes y de menores ingresos, el aumento de la deuda pública suele venir acompañado de mayor vulnerabilidad externa, presión sobre las cuentas fiscales y menor margen de respuesta ante shocks.
Un sistema que funciona sobre deuda estructural
La lectura de fondo es clara: la deuda se ha convertido en un componente estructural del sistema económico global. Ya no actúa como una herramienta excepcional para atravesar crisis, sino como un mecanismo permanente de estabilización.
Cuando el crecimiento se desacelera, la deuda aumenta. Cuando el sector privado se retrae, el Estado ocupa el espacio. El ciclo se repite, pero con un nivel base cada vez más alto. En este contexto, la estabilización de la deuda no elimina el riesgo, solo lo posterga.
El desafío no es únicamente cuánto se debe, sino quién sostiene ese endeudamiento y bajo qué condiciones. Con tasas más altas y crecimiento desigual, el costo de mantener niveles elevados de deuda se vuelve más visible, especialmente en los países con menor margen fiscal.
La economía global sigue avanzando, pero lo hace sobre una estructura cada vez más dependiente del crédito público. Mientras no haya una reducción real del apalancamiento o un cambio en el modelo de crecimiento, la deuda seguirá siendo el pilar silencioso que sostiene -y tensiona- al sistema.

















