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La carrera global por la inteligencia artificial ya no se libra solo en laboratorios y centros de datos; también se libra, y con fuerza, en los mercados de deuda. El coste resulta descomunal: supera los 3 billones de dólares y sigue creciendo.

Ni siquiera las mayores tecnológicas del mundo pueden asumir solas semejante factura. Amazon, Microsoft o Meta no disponen de suficiente caja para hacerlo sin ayuda. Las inversiones en empresas privadas como OpenAI o Anthropic tampoco alcanzan. Las ayudas públicas alivian, pero no resuelven.

Por tanto, el dinero debe salir de otro sitio. Sale de todos los rincones posibles del mercado de deuda.

Cuando toda la financiación gira alrededor de la IA

Bonos de alta calidad, deuda basura, crédito privado y estructuras complejas conviven en esta nueva fiebre financiera.

Según Matt McQueen, de Bank of America, «los números no se parecen a nada visto en 25 años». Por eso, los inversores exploran todas las vías disponibles.

Solo en 2024, los proyectos ligados a la inteligencia artificial captaron al menos 200.000 millones de dólares en deuda: además, las previsiones para 2026 superan varios cientos de miles de millones. Esta presión eleva el coste del dinero para muchas empresas.

Al mismo tiempo, las carteras de renta fija se vuelven cada vez más dependientes de la IA. Incluso los ahorradores conservadores asumen una exposición creciente, a veces sin ser conscientes.

La diversificación se vuelve más difícil que nunca

En bolsa ocurre algo similar.

Las grandes tecnológicas vinculadas a la IA concentran una parte enorme del mercado. El grupo conocido como las «Siete Magníficas» ya representa cerca de un tercio del valor del S&P 500.

Según Tarek Hamid, estratega de JPMorgan, «los gestores deben decidir cuánta exposición a la IA pueden tolerar». Además, los bonos ya no reaccionan solo a tipos o bancos. Ahora siguen el comportamiento de las tecnológicas.

Por tanto, la diversificación clásica pierde eficacia. Sin embargo, el atractivo del sector sigue siendo enorme para los prestamistas.

Los grandes centros de datos impulsan la deuda corporativa

Las empresas quieren construir rápido, por eso aceptan pagar intereses atractivos. Morgan Stanley espera entre 250.000 y 300.000 millones en emisiones solo de grandes tecnológicas en 2026.

Este auge puede llevar al mercado de bonos de alta calidad a máximos históricos. Los inversores confían porque muchas empresas ya generan beneficios sólidos: según Moody’s, «sus negocios principales no van a desaparecer».

Además, los centros de datos funcionan como activos inmobiliarios: se compra suelo, se construye, se conecta a la red y se firman alquileres. Esos contratos convencen a los inversores.

Un ejemplo destaca por encima del resto. El proyecto Beignet, valorado en 30.000 millones, financia un centro de datos de Meta en Luisiana mediante una estructura independiente.

Riesgos ocultos bajo una apariencia sólida

Aun así, los riesgos existen.

El Banco de Pagos Internacionales advierte que el mayor apalancamiento puede amplificar shocks financieros. Además, no solo participan empresas sólidas. También entran actores más arriesgados.

Andrew Kleeman lo plantea con claridad: «Toda innovación atrae capital en exceso en su fase inicial, un proceso que suele desembocar, más temprano que tarde, en correcciones de mercado».

Si la adopción de la IA avanza más despacio, refinanciar esta deuda será complicado. En algunos casos, los costes subirán; en otros, los accionistas deberán aportar más capital; y en escenarios extremos, aparecerán quiebras.

Tecnología, energía y complejidad financiera

Existe otro riesgo silencioso.

La tecnología avanza rápido, por lo que un centro de datos moderno puede quedar obsoleto antes de pagar su deuda. También surgen problemas operativos: falta mano de obra cualificada y escasean materiales.

Además, el mayor cuello de botella es la energía: algunos proyectos ya incluyen centrales eléctricas propias. Sin embargo, financiar una planta eléctrica resulta mucho más complejo que levantar un edificio.

Por último, la complejidad preocupa. La deuda ligada a la IA se dispersa entre bonos, préstamos y otros instrumentos financieros: cada vez cuesta más saber quién asume realmente el riesgo.

La inteligencia artificial promete cambiar el mundo. Mientras tanto, ya está transformando, y tensionando, todo el sistema financiero global.

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