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Bitcoin atraviesa una de las fases más exigentes del ciclo actual. Desde el máximo histórico de $126.200 alcanzado el 6 de octubre, el precio acumula una caída del 41%, mientras el gráfico mensual registra cuatro velas consecutivas en rojo. No se trata de un retroceso puntual ni de una corrección rápida: es la racha bajista mensual más prolongada desde 2018.
El dato es relevante no solo por su magnitud, sino por lo que implica a nivel estructural. Las correcciones profundas y sostenidas suelen marcar momentos en los que el mercado deja de moverse por narrativa y comienza a responder a factores más duros: liquidez, contexto macro, posicionamiento institucional y desgaste psicológico de los participantes.
Una corrección que se construyó en el tiempo
A diferencia de otros episodios de volatilidad extrema, esta caída no ocurrió de forma abrupta. Mes a mes, Bitcoin fue perdiendo tracción, con rebotes cada vez más débiles y cierres que confirmaron una pérdida progresiva de momentum. Este tipo de movimientos suelen ser más complejos de interpretar, ya que no generan pánico inmediato, pero sí erosionan la confianza de manera sostenida.
El mercado, en este contexto, parece haber entrado en una fase de depuración. El apalancamiento excesivo se reduce, el capital especulativo se retira y la liquidez se vuelve más selectiva.
No es un escenario de colapso, pero tampoco uno de complacencia. Es, más bien, una transición incómoda, donde el precio deja de responder a expectativas futuras y se enfrenta a la realidad presente.
La comparación con 2018 surge de forma natural. Aquella etapa también estuvo marcada por una sucesión de meses negativos, una caída prolongada desde máximos y una sensación generalizada de agotamiento. Sin embargo, el ecosistema actual es muy distinto: Bitcoin ya no es un activo marginal, sino una referencia observada por fondos, empresas y actores institucionales.
El peso del contexto y la definición del ciclo
Hoy, cada movimiento de Bitcoin se analiza bajo una lupa distinta. La presencia institucional, los flujos de capital regulados y la interacción con el entorno macroeconómico global amplifican el impacto de estas rachas bajistas. Una corrección prolongada ya no es solo un evento del mercado cripto, sino una señal que dialoga con tasas de interés, liquidez global y apetito por riesgo.
Cuatro meses consecutivos en rojo no determinan por sí solos el final de un ciclo, pero sí obligan a una reevaluación profunda. Históricamente, este tipo de fases han precedido tanto a periodos de lateralización extensa como a movimientos de redefinición clara del mercado.
La pregunta central ya no es si Bitcoin está débil en el corto plazo. La verdadera incógnita es cuánto tiempo puede sostenerse esta presión antes de que el mercado se vea forzado a elegir un rumbo: o una fase de consolidación más prolongada, o una reacción que marque el inicio de un nuevo equilibrio.
En ciclos anteriores, estos momentos no ofrecieron respuestas inmediatas. Solo dejaron una constante: cuando el mercado entra en silencio, suele estar preparando su próximo movimiento.

















