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En el cierre del evento de IA celebrado durante la Tecweek 2025 en Buenos Aires, Joan Cwaik dejó al auditorio de Costa Salguero en un silencio absoluto. No por temor, sino por reconocimiento.

«Los algoritmos los conocen mejor que su terapeuta, su expareja y probablemente su madre», advirtió, mientras las luces de los teléfonos se elevaban en el aire en respuesta a sus preguntas. Todos entendieron, sin necesidad de palabras, que hablaba de ellos.

El espejo digital que decide por nosotros

Cwaik, con su característico equilibrio entre fascinación tecnológica y advertencia filosófica, propuso un ejercicio inquietante: ¿realmente decidimos algo o solo seguimos un guion que los algoritmos escriben por nosotros?

El tecnólogo explicó que estas secuencias de código, creadas para resolver problemas, hoy se han convertido en mediadores invisibles entre nuestros datos y la realidad.

«Los algoritmos no nos informan, nos confirman», dijo. En lugar de expandir el conocimiento, moldean burbujas que alimentan nuestras creencias y emociones, generando polarización sin que lo notemos.

El resultado: un ecosistema donde la ansiedad, la gratificación instantánea y la dopamina se entrelazan con cada clic. Internet, pensada para enriquecer a la humanidad, se transformó en un espejo que solo devuelve lo que queremos ver.

Del amor al trabajo: la invasión invisible

Para Cwaik, la influencia algorítmica no se limita a las redes sociales. Penetra en la intimidad, el amor, la amistad, el entretenimiento y el trabajo.

En el terreno sentimental, reveló cifras tan curiosas como alarmantes: el 30% de las parejas argentinas ya recurrió a la IA para resolver conflictos de pareja. Algunos incluso han desarrollado vínculos románticos o dependencias emocionales con chatbots, en una época que confunde conexión con compañía.

En el trabajo, los algoritmos se convierten en jefes silenciosos. «Trabajamos para las métricas, no para las personas», afirmó, advirtiendo que lo que no se mide tiende a desaparecer. Y en la política, añadió, la democracia se juega en los feeds antes que en las urnas.

La pausa como acto de rebeldía

Su mensaje final fue una invitación a la conciencia.

Cwaik habló de una «rebeldía algorítmica»: desconectarse, dudar, pausar. En un mundo que premia la velocidad y la reacción, detenerse a pensar es un gesto revolucionario.

«Abrazar la pausa es rebelarse contra la urgencia que nos imponen los algoritmos», concluyó ante un auditorio que, por un instante, volvió a mirar el mundo con ojos humanos.

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