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El 16 de julio se celebró el Día Internacional de la Inteligencia Artificial. Los discursos se centraron en la innovación, el progreso y el potencial humano amplificado. Las empresas compartieron logros mientras los gobiernos reafirmaban su compromiso con una IA ética. Sin embargo, en medio de tanto entusiasmo, faltó algo esencial: una pausa, una mirada más profunda, una dosis de sospecha.

Porque mientras aplaudimos los avances, pocos se detienen a observar quién controla los algoritmos, qué datos los entrenan, cómo se definen sus prioridades o por qué los sistemas de IA más sofisticados no pueden ser auditados fuera de sus laboratorios. Esto no es simplemente inteligencia artificial, es opacidad convertida en norma.

De herramienta a arquitectura de poder

La IA ha dejado de ser solo una tecnología para convertirse en una capa estructural que reconfigura el mundo. Afecta el lenguaje, los mercados, las campañas políticas y hasta la predicción de conflictos. Pero su expansión no fue democrática, sino concentrada. Las cinco empresas que lideran el sector comparten una característica inquietante: no rinden cuentas.

Hablamos de empoderamiento, pero lo que presenciamos es delegación. Entregamos decisiones, juicios e incluso la interpretación de la realidad a sistemas entrenados por intereses que no elegimos. Aceptamos recomendaciones, rankings y respuestas sin preguntarnos con suficiente frecuencia a quien le conviene que pensemos de determinada manera.

La IA no se impuso, fue deseada. Sin embargo, esa fascinación nos hizo olvidar que toda tecnología lleva consigo una ideología, y que cada automatización implica, en algún nivel, una renuncia. La cuestión no es qué puede hacer la IA por nosotros, sino qué parte de lo humano se irá perdiendo si no establecemos límites claros.

Esto no es un llamado a rechazar el avance, sino a comprenderlo. A exigir transparencia y a dejar de celebrar sin conciencia. Porque la historia enseña que todo poder no cuestionado termina por volverse invisible, y esa invisibilidad lo vuelve más peligroso.

La IA no llegó solo para asistirnos. Vino a reescribir las reglas. Y quienes escriben el código ya no son técnicos, sino arquitectos de un nuevo orden, sin reguladores, sin frenos y sin votos.

–Nodeor

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